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La Vocación

No me estoy refiriendo al , lo que a menudo es asociado con la palabra vocación. Se tiene una vocación más allá de la que se elija: ser padre, agricultor, docente, soltero, casado, religioso: la vocación es un don. Un don de la vida para abrazar, confiar en sus manos, y ponerse en marcha. Después de todo somos arcilla para moldear y dar forma a nuestra vasija. A veces siento estar en medio de un sueño, y eso que los sueños son una parte extraña en nuestras vidas: no entiendes lo que significan pero sabes lo suficiente como para saber que importan.

Me gusta pensar en mi misma como una típica mujer europea que ha abierto mente y corazón para estar en la búsqueda. He encontrado el llamado a la Vida Religiosa y, lo que es más importante aún, he sentido el llamado a sumarme a las Hermanas de la Cruz y Pasión. Este camino comenzó, como lo ha sido para todos, cuando nací y recibí el don del Bautismo. Estoy convencida de que este don ha moldeado quien soy hoy y me ha mostrado el camino que he transitado.

Una sabia amiga me enseño un dicho: < la vida no es el viaje sino el camino realizado>. Esta sabiduría me invita a una introspección cuando pienso en este caminar. Más allá de haber nacido y criado como Católica, o haber ingresado a la Iglesia más adelante, todos llegamos a un momento en que debemos tomar una decisión consciente de abrazar, nutrir y encarnar nuestra fe. Esto me sucedió en la Escuela Secundaria, cuando me enamoré de Cristo.
Quizá al principio fue un amor infantil, el típico enamoramiento de la adolescencia, como si fuera el ¡primer metejón!

Esto me comprometió a ser católica. A los 16 años celebré mi compromiso con Cristo y fui recibida por una nueva familia. Obviamente viví esta relación con Cristo en un estado de gozoso compromiso. Esto me hizo ver que nuestro más mínimo sueño es una semilla, que cuando sembrada, crece para dar lugar a otros sueños. El Señor estuvo actuando en todo el proceso, desde el momento de la siembra hasta el momento de dar frutos.
Al dejar la Escuela Secundaria, hablé con una hermana, Josefina, acerca de mi aspiración a vivir una vida centrada en Cristo. Sabiamente me aconsejo que estudiara y obtuviera algunos títulos, que madurara, pensara y, si el deseo subsistía, volviera a verla.

Me encantaría poder contarles que acepte este consejo con gracia y ansias de desplegar mis alas, pero debo confesar cuán angustiada y afligida me sentí. Salí de este encuentro con desazón, diciéndome a mi misma que jamás volvería. Sin darme cuenta, seguí sus consejos, y mi modo de actuar no hacía más que ratificar cuán sabia había sido.
Obtuve algunas colaciones de grado, viajé, le tomé gusto a la riqueza secular, a maravillarme, a mirarme hacia adentro, a pensar en la pobreza, y aprendí el significado de lo que era bello.
Seguía pensando en Cristo, pero confieso que emergí de ese estado de compromiso para encontrarme en una etapa post luna de miel.

Me cuestioné mucho, descubrí, aprendí, me di cuenta en qué mundo vivo, con sus luces y sus sombras, todo esto lo sigo aprendiendo hoy. Luego de viajar durante 6 años, me sentí cual oveja perdida sin su rebaño. Regresé a Nueva Zelanda , mi país.
Seguí en la búsqueda y no encontré respuestas. Entonces tomé el toro por las astas y me engañé a mi misma e inventé un negocio, pensé en tener un hogar, vivir a pleno entre trabajo y actividad así no sentiría ni el vacío ni la insatisfacción.
Para ser breve: en ese modo poderoso que tiene el Señor, regresé a la Iglesia, una vez más. Al momento en que entre a la Catedral e hice la señal de la Cruz, mi corazón salto de alegría: me sentía en mi casa.

A partir de este momento , transcurrieron dos años de discernimiento, aprendiendo, visitando diferentes comunidades religiosas, tanto en el exterior como en Nueva Zelanda, soltando, y tal como me dijo el Obispo Owen, < zambullirme en lo profundo>. Esto significa confiar totalmente en el Señor, y salir adelante como Pedro, sin mirar atrás, sin dudar.
Mi camino de descubrimiento abarca muchos diferentes aspectos: salir de ese estado post luna de miel y entrar en un periodo de profunda, férrea fe. Jesús cambio mi corazón, lanzó las redes, sacó los peces de lo profundo, convirtiéndome en pescadora (de hombres y mujeres). La fe y esperanza abrieron el camino al amor, conduciéndome hacia El que busco: sintiendo un destello profundo en mi interior, cambiando mi mente y corazón, acercándome a Dios, convirtiéndome en la discípula que estoy llamada a ser.

Vivimos en una era de cambio, incluyendo a la Iglesia que está cambiando su faz, su lenguaje, su cultura y conciencia de su rol y presencia en la actualidad. En medio de este cambio, en silencio, las mujeres esperan con paciencia y prudencia. Las mujeres esperan, unidas, saben que el día llegará, aunque no lo suficientemente pronto; su rol nuevamente será el de < las hijas de Dios>, llevando a cabo su ministerio en la comunidad como reflejo de Cristo, al servicio de la Iglesia. Si escuchas, escucharas que las mujeres susurran que la Iglesia crecerá. Se escucha una suave melodía que , con esperanza, hace eco de la iglesia fundacional de inclusión, intimidad y reflejo directo de las actitudes y virtudes del Evangelio.

La vida religiosa para la mujer no es difícil: aguardamos con esperanza y seguimos abrazando los valores de Cristo para ir a la periferia y así encontrar el rostro de Cristo. Aguardamos con esperanza que las barreras construidas sean eliminadas. La imagen de mujeres tras muros, las mujeres en oración, hora tras hora, vestidas con pesadas vestimentas, separadas de la gente, son algunas de estas barreras construidas.

Más allá de la vocación, es importante recordarnos suavemente sobre el mandamiento de Jesús, < ama a tu prójimo como yo los he amado>. Estas palabras tienen tanto peso: para el propio bien de los religiosos es importante no quedarse pegados al pasado, aferrados a la tradición, a rituales, a costumbres pre Conciliares. Entrar en el presente, al ahora, conocer las necesidades que deben afrontar nuestros hermanos y hermanas, caminando junto a ellos que cargan sus cruces. Mas no olvidar el futuro, la Iglesia está cambiando, la sociedad está cambiando, por ende lógicamente cambia la vida religiosa, pero, como nuestra fe, la base es siempre la misma.

Si miras con atención, abres ojos y oídos, se rompe el silencio, se escuchan las voces. Personalmente, yo me vuelco a nuestra fundadora, Elizabeth Prout. Estoy recién aprendiendo de su profunda belleza: la pura y luminosa imagen de Cristo que recibieron todos los bendecidos que se entrecruzaron en sus caminos durante su breve pero tan Crsitocéntrica vida. Seguramente Elizbeth diría lo contrario, que fue ella la bendecida por el Señor, pudiendo ver la imagen de Cristo en los sufrientes y haciendo lo único que sabía: responder al llamado con todo su ser, involucrando el poder de la Cruz.

Como cristianos, muchas veces pasamos mucho tiempo discerniendo la voluntad de Dios en nuestras vidas; esto se pone en juego en cada intersección de nuestras vidas cuando tiramos los dados a la espera de la voz de Dios. Cuantas veces el Señor nos ha dado esta charla de aliento y nos ha dicho que seamos < fuertes y valientes > pero nos intimamos y acobardamos frente a los consejos de quienes nos rodean. Recordemos que Josué fue uno de los dos hombres que dijeron que Dios podía ayudar a guiarlos a la tierra prometida mientras los otros 10 tenían miedo.( Números: 13:30)

Dios puede llamarte a hacer grandes cosas como lo hizo con Josué. Dios no le dice a Josué que vaya despacio ni que se detenga a orar sobre cada detalle. No le pide que busque el consejo de 5 hombres de Dios antes de tomar la decisión. Solo le dice < sé valiente>. Dios ya había grabado en el corazón de Josué aquello que debía hacer. Sé fuerte y valiente al caminar con el Señor. < Estén atentos. Manténganse fuertes en la fe. Tengan coraje, sean fuertes y valientes. Hagan todo con amor>. (1 Corintios: 16:13)

 – Karen Englebretsen

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